Morir
o leer.
El que
ha sido insuflado con el aliento divino de la épica puede optar por
dejar un bonito cadáver o, en caso de cobardía, por dejar en
heredad una nutrida biblioteca. Yo opté por lo segundo aunque no me
faltaron oportunidades para lo primero. Ahora, desde luego, ya es
tarde.
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