El imbécil.
La vida lo va poniendo a uno en su sitio, pero tarde. Empiezo a escribir mis diarios pasada la cincuentena. Antes habría sido una temeridad: había mucho que contar, pero pocas lecturas. Leo hoy aquellas notas que escribía y siento cierta vergüenza. A veces dudo si quemarlo todo o dejarlo ahí, como testimonio de mi estupidez, como prueba de que a todos, en cualquier momento de nuestra vida, nos precede un imbécil a quien hay que destruir para poder seguir adelante. Ahora mismo soy el estúpido a quien mataré en unos años si los dioses me dan vida y ganas de seguir progresando en esta huida del atocinamiento. Mi periplo es tan vergonzante que llevo toda la vida matando al imbécil anterior. Nadie se ha suicidado tantas veces como yo, que lo llevo haciendo desde la adolescencia. O acaso antes.

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